Hace setenta años, el 8 de agosto de 1956, Marcinelle quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de nuestro país y de Europa.
En la mina del Bois du Cazier perdieron la vida 262 trabajadores de doce nacionalidades, de los cuales 136 eran italianos. Hoy los recordamos uno a uno. Detrás de esas cifras había nombres, rostros, familias, esperanzas. Hombres que partieron para construir, a través del trabajo, un futuro mejor para sus hijos y para contribuir al renacimiento de Italia.
Este día también pertenece a quienes se quedaron: a las viudas, a los huérfanos y a las comunidades que supieron transformar un dolor inmenso en la fuerza de la memoria y en el valor para seguir adelante. De ellos hemos aprendido el significado más auténtico de la dignidad: la de quienes abandonaron su tierra para trabajar y la de quienes, durante setenta años, han conservado y transmitido su memoria.
Por eso, desde 2001, por iniciativa del Gobierno de Berlusconi, el 8 de agosto es el Día Nacional del Sacrificio de los Trabajadores Italianos en el Mundo.
Marcinelle es una tragedia italiana, pero también profundamente europea. De ese dolor surgió también la conciencia de que Europa debía ser no solo un espacio económico, sino una comunidad de derechos, solidaridad y protección de la persona.
He trabajado en Bruselas, junto con todo el Gobierno, para convertir el 8 de agosto en el Día Europeo en memoria de las víctimas del trabajo. Una iniciativa que he impulsado con firmeza y que pronto será una realidad. Con este espíritu europeo, tengo la intención de realizar en los próximos meses una nueva visita a Marcinelle junto con la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola.
La memoria debe traducirse en responsabilidad y acción. Nuestra Constitución funda la República en el trabajo, reconoce a cada ciudadano el derecho al trabajo y exige a cada uno el deber de contribuir al progreso de la sociedad. Cada vida perdida en el trabajo afecta a uno de los fundamentos mismos de nuestra democracia.
Ningún beneficio económico puede valer más que una vida humana. La seguridad de los trabajadores es el primer indicador del grado de civilización de un país. Se necesitan medidas de prevención, formación, normas claras, controles rigurosos y una responsabilidad compartida entre las instituciones, las empresas y los trabajadores.
Setenta años después, Italia se une en solidaridad con Marcinelle. Lo hace para rendir homenaje a las víctimas, expresar su cercanía a sus familias y renovar su gratitud hacia los millones de compatriotas que, con su trabajo, su talento y su sacrificio, siguen aportando cada día prestigio a nuestro país en el mundo.
Conservar la memoria de Marcinelle significa convertirla en responsabilidad.
Significa defender en todas partes la dignidad del trabajo, reforzar la cultura de la seguridad y trabajar para que nadie tenga que volver a perder la vida mientras construye su futuro y el de su familia. Este es el compromiso que asumimos ante los caídos de Marcinelle y ante todos los italianos del mundo: nunca más muertes en el trabajo.
Honor a los fallecidos de Marcinelle. ¡Viva Italia, vivan los italianos en el extranjero, viva Europa!
Antonio Tajani